“Eucaristía: El Corazón palpitante de Cristo en el cuerpo laical Eymardiano…”
Asociados sacramentinos, cultiven en sus corazones y en sus vidas los mismos sentimientos de Cristo, para que la familia laica de Santo Eymard llegue a ser una comunidad cada vez más humana, fraterna y en permanente estado de misión. Que la formación del discipulado y la cultura apostólica del cuerpo sacramental sea un compromiso permanente para escuchar la voz del Señor en la adoración, en los pobres, los enfermos y necesitados. Celebrar, adorar y servir. Es imperativo permanecer vigilantes, firmes, para responder con prontitud al llamado de Dios a la misión. Dóciles al Espíritu Santo, los miembros del cuerpo eymardiano debe nacer a lo que pide el Señor, les pide y desea, para que el Reino - el amor de Cristo nos impulse (cf. 2 Co 5,14). El Espíritu del Señor es más fuerte que las súplicas contrarias a su voluntad. Es nuestra responsabilidad, por tanto, escuchar y obedecer la voz de Dios. Someternos a Dios en todo. Su palabra y su amor son irresistibles.

Por lo tanto, ¡ser asociado SSS es ser misionero! La misión eucarística tiene requisitos básico: orar sin cesar, entregarle al Señor nuestro corazón, libertad y oídos para que su Espíritu habite en nosotros y nos comunique la que Dios quiere. El camino a la santidad pasa para esta experiencia. El vigor misionero de los asociados proviene del Cenáculo, de la experiencia espiritual de celebrar el misterio eucarístico y la adoración. Así, la Palabra de Dios, susurrada al corazón, se convierte en una fuerza irresistible de transformación interior y de servicio. Durante la adoración, los agregados son invitados a ampliar la carpa del cenáculo interior para recibir al Espíritu del Señor, quien los guía a orar como corresponde. El Espíritu solo desea llenar, inundar, convertir, santificar. Quiere ser la fuerza impulsora e inspiración de todo. ¡Nunca obstaculices su obra! Por lo tanto, la vida eucarística no puede ser superficial, sino profundamente arraigada en Cristo, al servicio de su Reino. Ante la disposición del discípulo, el Maestro dinamiza la misión. Es el Corazón Eucarístico de Cristo el que bombea la buena sangre de la misión a los cuerpos de los asociados. Sangre oxigenada por la obediencia, regada par la paciencia y nutrida par la caridad.
Que ninguno de nosotros abandone a sus hermanos y hermanas. La misión eucarística consiste en vivir y revelar la misericordia de Dios. Ser trigo molido, uvas machacadas; sin este proceso, no hay pan ni vino. Servir el pan que humaniza y salva es recrear la vida permanentemente. Juntos, venzamos la fuerzas de la muerte, atravesemos desiertos, oscuridades y abismos. Acójanse unos a otros en la caridad de Cristo.
Buena es la luz de la Eucaristía que vence la oscuridad; bueno es el agregado que se convierte en pan. Buena es la Virgen María que proclama el Evangelio de la alegría; bueno es el Samaritano Sacramentino que ve, se detiene y cuida a sus hermanos. En la misión eucarística debemos imitar a Dios que ve, escucha y conoce la angustia y el sufrimiento del pueblo. Este Dios que baja del cielo, desciende a la tierra y comunica su amor misericordioso. Amor que brota de dentro, de lo más profundo de uno mismo, y se transforma en actos de servicio. Por tanto, que el amor de los laicos y laicas Sacramentinos sea fecundo.
Es el Padre celestial quien llama, capacita y envía a los asociados con la misión de proclamar la buena nueva del amor, defendiendo la vida y al pueblo que sufre. Es su responsabilidad escuchar el clamor del pueblo, ser agentes de vida y dignidad para sus hermanos y hermanas. Jesús es el camino y el Espíritu Santo es la guía de esta misión. Permanezcan firmes en la comunicación del Evangelio de la Eucaristía, “ya sea que escuchen o no” (Ezequiel 2,7). Los misioneros eucarísticos deben comer la Palabra, saborear la Eucaristía. No solo leer, sino ingerir la Palabra: ser Palabra viva, ser Eucaristía. Obedecer la Palabra como un “cadáver”[1], masticarla como pan. Comer la Palabra, vivir de la Palabra; nutrirse de la Eucaristía y vivir de la Eucaristía significa integrarlas en el propio ser, para que moldeen la vida, formen células y pongan en marcha la misión. El maestro interior sostiene el testimonio de la fe eucarística y anima a los laicos a ser pan partido para el pueblo. La Palabra y la Eucaristía deben estar profundamente arraigadas en nuestro cuerpos, en nuestro ser; así, nada en nosotros permanecerá desconectado de estas dos fuentes de la vida de la iglesia. Por lo tanto, la Palabra y la Eucaristía deben estar en nosotros, grabadas en nuestros corazones, y jamás podrán ser silenciadas. Son dones que moldean la conducta y la personalidad de nuestros miembros. El Espíritu Santo actúa en la raíz y produce sus frutos.
Es cada vez más necesario ampliar nuestros espacios interiores para acoger la Palabra, celebrar la Eucaristía y compartir el amor con nuestros hermanos y hermanas. Estas acciones deben quedar grabadas en nuestros corazones. Es cierto que los asociados están llamados a conformar sus vidas a la Palabra y a desarrollar un comportamiento eucarístico, siendo un don y una misión para los demás. Al comulgar con la Palabra y la Eucaristía, los laicos sacramentinos orientan sus decisiones y actitudes hacia el testimonio del amor que transforma vidas. La eficacia del amor es abundante cuando se realiza la entrega de uno mismo. La formación de una persona eucarística solo es posible si se cultiva en ella la dulzura y la delicadeza del amor como exigencias éticas de la misión.
La Eucaristía, la Nueva Alianza sellada con la sangre redentora, es la culminación de su sumisión total al Padre y de su obediencia absoluta. Amar como Jesús amó y entregarse como Él se entregó es una experiencia dolorosa, que consume, pero así es como lo sigues: ¡entregándote hasta el final! La fuerza de Dios para todos! Ser un laico (a) asociado requiere un verdadero éxodo, una verdadera Pascua a pasar de la esclavitud a la libertad, de la sujeción a la redención, del dolor a la alegría, del luto a la celebración, de la oscuridad a la luz. ¿De dónde proviene este poder transformador? Proviene de la Palabra que guía, anima y reconforta el corazón; proviene de la Eucaristía, el Pan bajado del cielo, la carne ofrecida para la vida del mundo, el don de la resurrección y la nueva vida.
En efecto, es Cristo mismo quien se nos entrega como alimento: el Verbo Encamado, muerto y glorificado, el que ve, se compadece y ayuda; por lo tanto, es el Buen Pastor Samaritano que fortalece a los débiles, levanta a los caídos, sana a los enfermos, libera cautivos. Nuestras actitudes: amar, servir, cuidar, compartir... Jesús en la Eucaristía es el mayor ejemplo de misericordia: aligera la carga de la vida, nos llena de fuerza y esperanza, y nos sostiene en el camino de la resurrección. En la alegría del Espíritu Santo, sigamos sus pasos, seamos más humanos y más cercanos los unos a los otros para servir!
La Eucaristía es cercanía, amor, perdón... Que todos aprendan de Jesús a dar la vida por amor; que todos sean fieles, obedientes a la Palabra de Dios y perseveren en la entrega, en el Sacrificio por el bien de los demás. El don de sí mismo y de San Pedro Julián Eymard, Apóstol de la Eucaristía, se basó en la obediencia filial de Jesús al Padre y en la entrega de sí mismo. Que este gesto concreto de amor nos motive y anime en nuestra entrega.
Que Marla, Madre de Dios, Mujer Eucarística, cenáculo viviente de amor, nos ayude.
Mons. Jorge Alves Bezerra, sss
Obispo de la Diócesis de Paracatu (Brasil)
Extracto de Notibip 113 - Septiembre 2025
Provincia San Juan XXIII - Colombia/Perú
[1] En la espiritualidad ignaciana hay una expresión latina “Perinde ac cadáver” que, traducida literalmente, significa “como un cadáver”, y se refiere a una obediencia dócil [explicación añadida por el traductor].
